Ni yo te condeno.

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Mientras era arrastrada por las calles polvorientas de la ciudad, sus pies iban dejando una huella que el viento borraba con facilidad. La multitud le rodeaba, le gritaba, y algunos hasta la escupieron. Su última acción defensiva fue cerrar los ojos y esperar lo inevitable: la muerte.  

Los líderes políticos y religiosos de la ciudad  la llevaban fuera de las murallas para apedrearla. No había necesidad de juicio. La habían encontrado en el mismo acto del adulterio y la ley era clara: debía morir. Morir fuera de la ciudad. Morir apedreada. Cada roca puntuda, con filo, que cortara.

El camino hacia las murallas cambia. Ahora se dirigen al templo. La razón no era compasión por ella, sino que los líderes llenos de venganza, no de justicia, tenían la mejor situación para tentar a Jesús. La pregunta era sencilla: debemos apedrearla, o debemos dejarla ir. Cualquier respuesta de Jesús sería errada.

El maestro había terminado su charla matutina. Escribía en el suelo con su dedo. La algarabía rompió el silencio de la escena. La mujer calló como una roca que se arroja con fuerza frente a Jesús y un círculo de hombres armados con piedras los rodeó. Uno de ellos se toma la palabra y dice:

Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?

El silencio se apoderó del ambiente. Las miradas de todos dejaron a la mujer tendida en tierra, y se posaron en Jesús que seguía inclinado hacia el suelo escribiendo con el dedo. La pregunta se repitió con insistencia.

Jesús se enderezó. Los miró uno a uno y supo que todos eran igual de pecadores a aquella mujer que querían apedrear. Les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. Se volvió a inclinar.

La primera piedra cayó a tierra, y luego otra, y otra. Los que estaban listos para apedrear a la mujer pecadora se encontraron a sí mismos pecadores. Acusados por su conciencia, uno a uno, se retiró del lugar. El deseo de venganza, se tornó en vergüenza. En escena solo queda Jesús y la mujer.

Jesús le dijo: mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?

Ella dijo: ninguno señor.

Él le dijo: ni yo te condeno. Vete y no peques más.

Las palabras de Jesús fueron refrigerio al alma de la mujer, su corazón estuvo atento a escuchar el mensaje de salvación. ¿Has guardado las palabras de Jesús? ¿Tienes abiertos tus oídos para escucharle?

El nombre de esta mujer no lo conocemos. Pero su historia nos es familiar. Ella es un espejo limpio y cristalino de la gracia portentosa de nuestro Dios. ¿Te has sentido condenado por tus actos? ¿Crees que no hay salida y que solo te espera la muerte? Escucha las palabras del maestro: ni yo te condeno. Vete y no peques más.