Todos de pie, la gloria es para él.

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No hay mayor gloria que la gloria de la victoria. El deportista dedica la vida a su disciplina, se prepara a diario, se sacrifica, y lucha por saltar unos centímetros más, por levantar unos kilos más, por llegar unos segundos antes. Todo para ganar. La gloria llega cuando en la premiación suenan las notas del himno de su país, y recibe la medalla de oro. Entonces la gloria es para él. Se la merece.

Pero la salvación no es fruto de nuestro esfuerzo. No hay dedicación de por vida, no hay preparación a diario, no hay sacrificio nuestro que sea suficiente para lograr la salvación de nuestra alma. No hay nada que podamos hacer para ganarnos la salvación porque la salvación no se gana, como se gana una medalla de oro, la salvación se recibe: es un regalo inmerecido de Dios.
 
El apóstol Pablo fue claro en su carta las iglesias de Éfeso. “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” La posibilidad de quitar el pecado, de tener una relación directa con Dios, de vivir en su regazo, y de tener vida eterna es el resultado de la obra hecha por Jesús en la cruz del calvario; obra que se activa en nosotros cuando creemos que lo que él hizo por nosotros es suficiente.
 
En la salvación no hay una sola obra que podamos hacer. Solo debemos y podemos creer; creer nos llevará a obedecer, a ser bautizados, a ser llenos de su Espíritu. No hay oraciones, ayunos, lecturas de la Biblia, o ritos que nos permitan obtener la salvación porque la salvación es un regalo de Dios a quienes han creído. Y quienes lo han hecho no dejan de orar, de ayunar, de estudiar la Biblia, de tener una relación directa y constante con Dios porque ahora son salvos.
 
¿Y la gloria? La gloria es para él, y solo para él. Hubo una victoria. El bien venció al mal. La vida venció la muerte. El perdón fue más fuerte que la condenación. El amor lo cubrió todo. La victoria final se dio una sola vez y para siempre cuando la tumba quedó vacía. Entonces lo único que podemos hacer es ponernos de pie, aplaudirle con todas las fuerzas, e inclinar nuestro corazón al único digno de gloria por nuestra salvación: a Jesús. ¡A él sea la gloria!
 

Si aún sigues haciendo cosas para ser salvo, no pierdas el tiempo. Cree solamente. Cree que el sacrificio hecho en la cruz es suficiente para ti, y serás salvo. Si ya has experimentado la salvación y el amor de Dios en tu vida, no olvides que no hay mejor experiencia que vivir de la mano de tu salvador: habla con él, escucha su voz, obedece sus palabras. Y no olvides darle la gloria a él.

Un deportista merece la gloria por todo lo que hace para llegar a la victoria. Dado que la salvación es un regalo inmerecido de Dios, por su amor, la gloria solo le pertenece a él. ¿Deseas ser salvo? Cree con todo tu corazón en el evangelio. ¿Has creído en él? Vive de manera que agrades a tu salvador. Y no olvides que la gloria es solo para él.